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La Revista

La Pasión y la Razón en la Invención de la Argentina

Emblemas de la lucha emancipadora, Juana Azurduy y Manuel Padilla tuvieron, además, un amor apasionado. Su historia atraviesa la de los años de la Revolución, y da cuenta del espíritu que animó a los patriotas.

Por Hernán Brienza
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Era una tromba en medio de la batalla. Allí iba ella al galope montada en su caballo brioso, con las crenchas sueltas, galopando al coraje, liderando a sus amazonas, rompiendo las filas realistas a puro sablazos, a gritos limpios. Allí iba ella con su melena negra al viento, con su casaca azul, con el sable que Manuel Belgrano le había regalado, a matar godos, a darles su merecido a los enemigos de la Patria. Tenía los ojos fieros, el ceño fruncido, los labios apretados, la piel cobriza, el cuerpo turgente, todo en ella demostraba que la independencia, allí en el “arriba” altoperuano, tenía su cara, que la libertad tenía cara de mujer. Su nombre: Juana Azurduy, la teniente coronela del Ejército del Norte, la bizarra esposa que, al lado de su amor, Manuel Ascencio Padilla, acaudilló a criollos e indios en las tierras de Chuquisaca contra los monárquicos, contra los usurpadores de la tierra americana.
Juana nació en Toroca, cerca de Chuquisaca, el 12 de julio de 1780; Manuel, en Chipirina, el 26 de septiembre de 1774. Se conocieron desde jóvenes porque las tierras de sus familias eran vecinas, se enamoraron, se apasionaron, se amaron, se casaron en 1805 y tuvieron cuatro hijos: Manuelito, Mariano, Juliana y Mercedes. Miraban con rencor a los usurpadores, se relacionaron con Mariano Moreno, con Bernardo de Monteagudo; y por eso, bramó cuando el 25 de mayo de 1809 el grito libertador de Chuquisaca, los enamorados estaban listos para jugarse la vida. Porque Juana y Manuel son el modelo de amor revolucionario: la pareja que entrega su amor a una causa, que vive en función de que, en forma dialéctica, su amor los transforme y cambie el mundo. Son el ejemplo más fatal y valiente de la relación entre amor y política.
Fueron los novelistas románticos franceses los primeros en relacionar amor y política. El paladín romántico se enamora para cambiar el mundo y, en ida y venida dialéctico, quiere convertirse en un héroe político para conquistar el amor de su dama. Ese modelo fue tomado de las novelas de caballería –una larga lista que culmina en esa sublime ironía literaria que es el Quijote– que son el puntapié inicial para este maridaje que tomó vuelo literario y al mismo tiempo influyó en la historia. Marco Antonio y Cleopatra, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, Ana Bolena y Enrique VIII son algunos de los ejemplos de amores –felices, trágicos, anodinos– que abundan en la historia universal. Y la Argentina no podía quedarse afuera.

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