Por María Seoane. Directora de Contenidos Editoriales.
¿Cuál sería el colmo de la esclavitud política? Que se acepte que una mentira es verdad en función no de lo que incontrastablemente describen los hechos sino de las pasiones y conductas producidas por los sentimientos más extremos como el odio o la empatía en sus diversas variantes. Y que esa pulsión reproducida hasta el cansancio en todo tipo de soporte comunicacional y tecnológico sea la verdadera partera de la historia actual, y que entre sus creaciones emerjan Mauricio Macri y Donald Trump, dos presidentes surgidos de la probeta de la posverdad. Ambos adalides de promesas como la pobreza cero o el muro mexicano para terminar con la inmigración, promesas que buscan votos apoyándose en el antiquísimo odio a los extranjeros o en el deseo de salir del infierno del hambre. El colmo, entonces, sería elevar a categoría de certezas ideas nacidas del primitivismo político. Siglos atrás lo practicó la Inquisición para quemar en la hoguera a los críticos o más cerca, en el siglo XX, el libretista y constructor de Hitler, Joseph Goebbels, cuando enseñó que los males del pueblo alemán eran los judíos o, más cerca, cuando Macri repite que los males de la Argentina y los desatinos de su gobierno son culpa de la pesada herencia kirchnerista. A esa construcción intervenida y masificada por los medios de comunicación se la llama posverdad: da cuenta de circunstancias en que los hechos influyen menos en la formación de la opinión pública que las creencias y pasiones cuyo origen, se sabe, es la más definitiva subjetividad. Algo más allá de lo real, una categoría que corresponde a la más simple manipulación de los sentimientos de la gente sobre la base de sus prejuicios. Una sentencia extendida es atribuir la desocupación criolla a los extranjeros de países limítrofes.
Es una posverdad insoportable: desde 1955 no cambia la incidencia de extranjeros en la población económicamente activa, pero nada tuerce la vieja vocación xenófoba de los políticos locales cuando se trata de dirigir el odio hacia un objetivo que los exculpe de producir ese daño. La posverdad consiste entonces en que las certezas y lo auténtico son reemplazados por el rumor, la versión, la locura, lo divertido, lo falso, lo insultante, lo diabólico, señalan desde Oxford. Una posverdad sería, por ejemplo, que CFK no es abogada aunque haya presentado una y otra vez su diploma; que Macri, por ser rico, no roba. Como señaló el periodista Luis Bruschtein en Página/12 el 10 de diciembre: “Solamente en el primer año de gobierno de Mauricio Macri, Argentina se incorporó al ranking internacional de la corrupción cuando los Panamá Papers pusieron el nombre del presidente Mauricio Macri entre los cuatro o cinco jefes de Estado con sociedades offshore no declaradas. Solamente en el primer año de gobierno de Mauricio Macri, Argentina pasó a figurar entre los países que no respetan la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuando mantiene en prisión a Milagro Sala. Toda la campaña de demonización contra el kirchnerismo proviene de sus enemigos: de un monopolio mediático que se resistió a desmonopolizar, de los amigos de los represores que han sido juzgados, de los bancos que perdían gigantescas comisiones sin el negocio de la deuda, de los grandes comercializadores de soja que se oponían a las retenciones, de los bancos y empresas que perdieron las Afjp”. Lo cierto es que no importa el origen de este neologismo conocido como posverdad: si fue inventado por el escritor y guionista serbio Steve Tesich (1992) o por el sociólogo Ralph Keyes (2004) o por el bloguero David Roberts (2010). Sí importa analizar y prever hacia qué mundo nos llevaría el ejercicio permanente de la posverdad en política. Nos llevaría a la posdemocracia, es decir, al mundo de la ficción política donde los ciudadanos ya no lo son porque no votan de acuerdo con sus convicciones e intereses genuinos sino según sus pasiones y prejuicios estimulados por miles de conexiones mediáticas y por un poder que necesita ese extravío para asaltar el Estado. Estamos, entonces, avisados de que la posverdad y su efecto de posdemocracia son la construcción más perfecta del marketing político para una nueva forma de sometimiento.