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La Revista

¡Perón sí, otro no!

El 17 de octubre de 1945 marcó para siempre la historia argentina. Los invisibles se hicieron por primera vez visibles y se transformaron en actores políticos determinantes. Un líder encarnó como nadie el deseo y la necesidad de los más postergados.

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Por Felipe Pigna

La isla Martín García tiene algo especial que ha inspirado a sus voluntarios e involuntarios ocupantes a escribir. Allí el poeta nicaragüense Rubén Darío compuso su “Marcha triunfal” e Hipólito Yrigoyen, confinado a pesar de su edad y su estado de salud por la dictadura de José F. Uriburu, escribió gran parte de su defensa ante la Corte Suprema de Justicia. Don Hipólito fue confinado dos veces en la isla. La primera, el 29 de noviembre de 1930. Permaneció detenido en el polvorín conocido como la “cartuchería”, un lugar húmedo, lleno de ratas, completamente insalubre. Allí estuvo hasta el 19 de febrero de 1932. En diciembre de aquel año fue trasladado a Martín García por segunda vez por orden del gobierno del general Agustín P. Justo. En esa ocasión, fue alojado en la comandancia, un lugar más digno. Una junta médica militar confirmó su cáncer de laringe y aconsejó su traslado a Buenos Aires, donde murió poco después, el 3 de julio de 1933. La familia del caudillo rechazó el hipócrita duelo nacional decretado por el régimen fraudulento de Justo.

En octubre de 1945, otro habitante involuntario tomó la pluma en su lugar de reclusión, la actual escuela Cacique Pincén, en aquella isla tan cargada de historia. El hombre había nacido a la historia hacía poco más de dos años tras ocupar una oscura y hasta entonces inactiva secretaría de Estado de un gobierno militar que había derrocado al último exponente de la Década Infame, el presidente conservador Ramón Castillo. Desde su nuevo cargo, lanzó una verdadera ofensiva política en el terreno sindical y laboral. Pronto fue conocido como el coronel de los trabajadores y comenzó a ser acusado, según sus interpeladores, de comunista o de fascista.

Las presiones más fuertes venían del mundo empresarial, de la Sociedad Rural, de la embajada de los Estados Unidos y de los partidos políticos tradicionales que veían horrorizados cómo un coronel, surgido de las filas del Ejército, la reserva histórica junto a la Iglesia católica del orden establecido, había promovido y transformado en disposiciones legales anhelados y conculcados derechos sociales como el estatuto del peón de campo, la ley de salario mínimo y la de aguinaldo.

El círculo Rojo

Cómo era posible que aquel coronel, tan intolerable para la izquierda como para la derecha clásicas, ocupara de tal manera el centro de la escena política sin contar con el apoyo de ninguna estructura partidaria existente y ostentara simultáneamente los cargos de vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión.

La presión político-empresarial caló finalmente en el frente militar y un golpe interno encabezado por el general Eduardo Ávalos, que se soñaba presidente, detuvo al coronel y lo envió a Martín García en la madrugada del 14 de octubre de 1945. Al día siguiente, su médico personal, el capitán Miguel Ángel Mazza, obtuvo permiso de la Marina para visitarlo en la isla. Mazza se había entrevistado previamente con los coroneles Domingo Mercante, su operador en Buenos Aires, y Franklin Lucero.

Juntos habían elaborado un plan para traer a Perón de regreso a Buenos Aires. El médico presentaría unas viejas placas radiográficas de Perón que daban un diagnóstico de “elevación cuculiforme del hemidiafragma derecho, cuyo probable origen tumoral debe ser imprescindible e impostergablemente dilucidado por el examen clínico y de laboratorio en un ambiente hospitalario”. Mazza agregaba que “efectivamente, el clima húmedo de su actual alojamiento le puede resultar sumamente desfavorable”, por lo cual se hacía urgente el traslado a la Capital.

El médico había recurrido a la historia clínica e hizo constar el antecedente de una congestión pulmonar contraída en La Quiaca en el otoño de 1931, cuando Perón cumplía funciones en la Comisión de Límites. A poco de llegar, Mazza le dio un efusivo abrazo al coronel y le advirtió al oído que no se dejara tocar por ningún médico. El doctor era portador de informaciones clave para el coronel: el frente militar estaba francamente dividido, ninguna guarnición del interior apoyaba a Ávalos y el movimiento obrero preparaba un paro y una gran movilización para pedir por su libertad.

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