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La Revista

Pero el amor es más fuerte

Los golpes de Estado no fueron producto de la necesidad ni del mero descontento popular sino parte de un elaborado plan de los grandes grupos concentrados de la economía para terminar con gobiernos democráticos utilizando mano de obra militar.

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Por Fernando Amato.

Septiembre es el mes de la primavera, del amor. Pero durante un período del siglo XX supo ser el mes de los golpes de Estado. De las dictaduras militares. Del odio. El  radicalismo y el peronismo fueron los grandes movimientos populares de la primera mitad del siglo encarnados por sus dos máximos líderes: Hipólito Yrigoyen y Juan Perón. Y ambos sucumbieron un septiembre, con 25 años de diferencia pero con las mismas causas y consecuencias. Y el mismo proceso de desgaste que nació bastante antes del fatídico septiembre y que incluyó la participación de una parte de la sociedad civil.

 

CRÓNICA DE UN GOLPE ANUNCIADO

Apenas nacido el 1900, Hipólito Yrigoyen se convirtió en el gran líder de masas de la intransigencia contra el régimen oligárquico que proscribía la voluntad popular y que encarnaba las aspiraciones de la naciente clase media comercial de participación en las decisiones del Estado. Con estas características se convertiría en presidente de la Nación en 1916 y volvería en 1928.

Pero en octubre de 1929, la crisis económica mundial ponía en jaque toda su construcción política que tenía como pilares un Estado fuerte que mantenía una administración pública con mucha inversión y gasto para sostener las injusticias del mercado y la estructura partidaria. Con el crac financiero mundial, los ingresos de la aduana disminuyeron debido a la contracción del comercio internacional y se sucedieron quiebras de empresas y comercios. El peso perdió valor y la balanza comercial dio negativa. Esto trajo disminución de salarios, desocupación y atrasos en el pago de la administración pública. Como se sabe, la situación económica suele ser fundamental para ahondar en el malhumor social. Ahora y en 1930. Y en el 55 también.

Pero lo económico fue el detonante de un clima social que venía siendo adverso para el radicalismo (desde su división por la creación del antipersonalismo en 1924) y fogoneado por las fuerzas vivas de la República: los militares, los terratenientes y exportadores y los medios de comunicación. Y más de un juez amigo y algún miembro de la Iglesia. Apenas asumido Yrigoyen en 1928, el general José Félix Uriburu decidió pasar a retiro y comenzar la conspiración. Viejo revolucionario del Parque de 1890, devino conservador y corporativista. Un auténtico fascista. Su intención era reformar la

Constitución creando un nuevo régimen. Solía prometer “una verdadera revolución que cambie muchos aspectos de nuestro régimen institucional, modifique la Constitución y evite que se repita el imperio de la demagogia que hoy nos desquicia. No haré un motín en beneficio de los políticos, sino un levantamiento trascendental y constructivo con prescindencia de los partidos”. Además solía repetir en sus arengas: “Hay que sacar el ejército a las calles”. Pero Uriburu no estaba solo. Contaba con el apoyo de los sectores más militaristas (entre ellos muchos militares alvearistas desplazados por Yrigoyen al asumir), nacionalistas y conservadores. Pero además había otro sector en el Ejército que compartía la devoción por acabar con el movimiento popular radical que encabezaba el general Agustín P. Justo, ex ministro de Guerra, mayoritario dentro de la oficialidad.

Más liberal, pretendía sacar a la Unión Cívica Radical y volver a convocar a elecciones.

La complicidad civil con los golpistas incluía a los políticos de la oposición, intelectuales, periodistas. Apenas asumido Yrigoyen, estos (civiles y militares) solían reunirse en el Círculo de Armas. Por allí podía verse a Federico Pinedo, Leopoldo Melo y Antonio Santamarina. También los medios de comunicación fueron fundamentales para crear el clima de agitación.

Así como el diario radical La Época era conocido como “el diario de Yrigoyen”, La Nueva República (de los hermanos nacionalistas católicos Irazusta) podría llamarse “el diario de Uriburu” y el diario Crítica, de Natalio Botana, celebraba el golpe militar en su tapa.

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