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La Revista

Los medios y su distinta vara según la clase social

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Por Felipe Pigna (Director General)

El término narcotráfico resuena –en la mente de los a veces sufridos y a veces masoquistas televidentes, radioescuchas y lectores de los medios hegemónicos editados aquí (llamarlos nacionales sería un exceso)– a villa de emergencia, a marginales, a “cabecita negra”. Y suena así porque la construcción mediática viene haciendo un trabajo muy intenso en mostrar a los emergentes del negocio, las mulas, los correos, pero los grandes beneficiarios en general no aparecen. Muchos de ellos están vinculados, como todos saben menos las autoridades de ayer y hoy de las áreas de seguridad, a poderosos empresarios, a la mayoría de las fuerzas policiales y a ciertos gobiernos municipales y provinciales. El vergonzoso tratamiento que le dio la mayoría de los medios de la cadena oficialista a la tragedia de Costa Salguero cuidó mucho el lenguaje. Allí la responsabilidad no era del gobierno PRO porteño, ni siquiera de los vendedores de drogas a los que se cuidó en no incluir en el narcotráfico, término reservado al paco villero y alrededores. La culpa, otra vez, la tenían las víctimas. Incluso en la cena de la señora que antes sólo almorzaba, el jefe de Gobierno porteño, con notoria incomodidad aun frente a preguntas de los periodistas y comensales amigos presentes, insistía en que el gobierno porteño no tenía nada que ver con el tema y el problema se resumía en las adicciones. Evidenciando que para el hombre las adicciones  no son una cuestión de la que debe ocuparse el Estado. Es triste ver a un funcionario de tan bajo nivel gobernando una ciudad rebosante de cultura como Buenos Aires, la ciudad de Borges, de  Carriego, de González Tuñón, de Alejandra Pizarnik. Un funcionario, uno más que se contenta con el miserable blindaje mediático sin que su conciencia, que conoce la verdad incontrastable, se vea molesta o alterada. Los socios del silencio se ocuparon de mostrar fotos del “chico”, “universitario” y “dealer” que vendió parte de la droga que causó las muertes. No se lo calificó como narcotraficante, a un lector distraído hasta le pudo parecer un travieso. La hipocresía no es sólo local, por supuesto, es universal y tiene el copyright de las falacias yanquis. El imperio, que es el principal  consumidor de drogas del mundo, que se jacta de tener los mejores servicios de Inteligencia y, en esto no tenemos duda, las fuerzas armadas más poderosas de la Tierra, no puede terminar con las bandas criminales que proveen esa droga a pocos metros del infame muro que lo separa de México, donde la guerra narco ya causó más de cien mil muertos. Es curioso cómo los supuestos principales enemigos del imperio, el Isis y los narcos, no pueden ser derrotados por la nación más guerrera del mundo. Ese imperio que se encarga de pasear la imagen de los latinoamericanos como los malos narcos, pasando por alto que los cárteles más importantes, los que venden la droga en el inmenso territorio de los Estados Unidos, son ciudadanos de ese país, millonarios vinculados con laboratorios farmacéuticos, únicos fabricantes de los imprescindibles precursores químicos para que las hierbas se conviertan en drogas y que, como se sabe, no se fabrican en el hemisferio sur. El narcotráfico se nos lleva cada año miles de vidas jóvenes, miles de esperanzas frustradas por un sistema al que cada vez le resulta más útil para sus inconfesables fines.

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