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La Revista

La Historia sale del Clóset

Luego de siglos de exclusión e invisibilización, las y los homosexuales van por la reivindicación de sus derechos civiles, en un marco de libertad, de aceptación de la diversidad y de tolerancia.

 

Por Luciana Peker
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La Argentina se formó con el mito de una tierra extensa y próspera, con falta de manos y sobra de campo que necesitaba de gente, pero no cualquier gente, sino hombres, blancos, europeos y –aunque no esté dicho en los manuales oficiales de historia– machos de pelo en pecho, sementales que reprodujeran hijos como semillas, para que esas semillas sembraran un territorio amplio que necesitaba brazos para cultivar y virilidad para generar esos brazos.
“Gobernar es poblar”, dijo Juan Bautista Alberdi, en una frase fundacional de la argentinidad reproductiva. El deseo sin semillitas embarazosas no tenía valor agregado en los años en que el Bicentenario no era historia. “¿Cómo debía ser el argentino ideal?: europeo, de tez blanca, culto, procreador. Se buscaron padrillos sanos que reprodujesen la ideología dominante. Como gobernar era poblar, el valor volvió a estar del lado de la heterosexualidad reproductiva. La homosexualidad no podría poblar el abismo horizontal de la pampa y cayó en un cono de sombras”, describe Osvaldo Bazán (ver columna) en el libro Historia de la homosexualidad en la Argentina, de la conquista de América al siglo XXI, de Editorial Marea.
En el capítulo “La invención de un país, en busca del argentino ideal”, Bazán compara el identikit del ciudadano celesteyblanco por excelencia con las tradiciones morales más arcaicas: “Así como para Santo Tomás derrochar el semen sin ánimo reproductivo era contrariar los designios de Dios, para los estadistas argentinos del siglo XX, hacerlo era frustrar los propósitos patrióticos. Para engrandecer a Dios o la Patria, todos tenían planes para el semen”.
La única división del país no fue entre la supuesta civilización y barbarie. Tanto la barbarie como la civilización pretendían lo mismo de un varón: que genere más varones para su tropa. Una discriminación clara a otros modelos (y deseos) de masculinidad y a las mujeres (que tampoco podían dejar su lugar de madres reproductivas).

 

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