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La Revista

Un quilombo de nunca acabar

Vieja como el mundo, la prostitución se desarrolló de distintas maneras, según la época y el lugar.

En Buenos Aires, donde se practicaba desde siempre, se potenció con la inmigración.

 

Por Sin Firma
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Remontarse a los inicios de la prostitución podría llevarnos más allá de las primeras escrituras que registren la actividad. Rastrear los orígenes del oficio más viejo del mundo implicaría una tarea interminable. Vale la pena, en cambio, estudiar el rumbo que tomó la actividad desde la organización del Estado argentino hasta nuestros días.

Carentes de todo atractivo visual y enterrados en el barro, “los rancheríos de chinas” se ubicaban poco después de la Revolución de Mayo en los suburbios de Buenos Aires, que empezaban en la calle Chile al sur, en la calle Salta al oeste y en Viamonte al norte. En la campaña, las chinas cuarteleras seguían a los batallones. Todavía se trataba de “mancebías” de criollas, ya que faltaba un tiempo para la llegada masiva de putas importadas.

Este fenómeno se dio durante los grandes movimientos migratorios. Entre 1853 y 1930 entraron en el país seis millones de extranjeros, que se ubicaron sobre todo en los núcleos urbanos. Estos inmigrantes, hombres en su mayoría, eran jóvenes y solteros. La tasa de masculinidad para el censo de 1895 era de 172,5 por ciento entre los extranjeros y 97 por ciento entre los nativos. El censo de 1914 muestra en números la dimensión de la soledad del hombre en el país: había una diferencia de 518 mil hombres por sobre la población total de mujeres, de los cuales una buena parte estaba en edad de actividad sexual. Sus necesidades sumadas podían mover montañas. Así fue como rápidamente se organizaron estructuras de tráfico de personas que traían a miles de mujeres y niñas desde Europa para su explotación como esclavas sexuales en la Argentina. Estas mafias cooptaron por casi cuarenta años todas las estructuras del poder y de la opinión públicos, desde la policía hasta la Justicia, el periodismo y hasta las iglesias, en casos aislados, donde curas y rabinos fueron fiocas, confundidos en la interpretación de lo que implica cuidar el rebaño.

A poco de arribar los barcos llenos de inmigrantes, los prostíbulos empezaron a aflorar allí donde hubiera gente. Los suburbios del sur eran los peores: la Boca, Dock Sud, Puente Alsina, Pompeya y Mataderos eran los lugares predilectos de rufianes, ladrones, asesinos y delincuentes de todo tipo. En esos prostíbulos orilleros se bailaba y se bebía en proporciones, y no era raro que los duelos a cuchillo dejaran un fiambre en la puerta del bailongo. Allí había putas.

En el centro, la zona roja fue durante décadas el barrio que hoy ocupan las facultades de Medicina y Economía. La calle Junín en su intersección con Lavalle era el epicentro de la farra prostibularia porteña. Constitución ya era famosa por esta actividad. También había un prostíbulo junto al otro en el Paseo de Julio, hoy avenida Leandro N. Alem.

Las trabajadoras de estos reductos no eran lo que se dice felices. Eran jóvenes francesas, polacas, ucranianas o rusas que habían sido sacadas de sus hogares con promesas de casamiento por un “cazador”, un paisano asociado con los rufianes de su misma nacionalidad que dos o tres veces por año viajaba al viejo mundo para hacer el cuento a chicas jóvenes (desde los 13 años) que eran sacadas de su hogar con la bendición de su familia, que no podía darles de comer en la miserias de las guerras o amenazadas por los pogromos. El proceso de “ablande” de las chicas ya empezaba en el buque que las traía de Europa: frío, hambre, golpizas y violaciones les quitaban el orgullo y la dignidad. Incluso hay registros de métodos de torturas muy parecidos a los de la escuela argelina.

Las extranjeras eran adoctrinadas salvajemente para distinguirse de las criollas y rendir más. Se las obligaba a aceptar prácticas sexuales que las criollas detestaban. Debido a la repugnancia que sentía hacia los hombres que le habían hecho mal, la extranjera solía aceptar con más gusto que la criolla las relaciones homosexuales y la participación en orgías.

También se daban los casos de los canfinfleros, los fiocas de una mujer o de dos, que explotaban a sus parejas. Se conocían bailando, de la joda de la milonga se pasaba a los desenfrenos del cabaret, y un día la chica se descubría prostituyéndose para pagar la joda al gavión, so pena de ser fajada por el querido.

Al llegar a puerto las extranjeras pasaban a manos del tratante que las remataba como a ganado, en reuniones que tenían lugar en salones del centro. Se palpaba sus carnes, se inspeccionaba la dentadura y el pelo, antes de ofertar. Las más caras costaban 50 libras, algo que por entonces era una fortuna. Tanto entonces como ahora era ilegal el tráfico de personas, y el código penal incluía sanciones para los tratantes. Sin embargo, siempre hubo vacíos legales y complicidades que dejaban a los proxenetas libres.

En 1898, las ordenanzas municipales establecían que las prostitutas debían estar inscriptas, ser mayores de 18 años o de 22, en caso de tener familia que pudiera garantizarles una vida honesta, tener libreta sanitaria y visitar al médico todas las semanas. Los prostíbulos no podían estar en un radio de dos cuadras de colegios, teatros, iglesias, mercados o plazas. Tenían que ser manejados por mujeres, madamas. En 1911 se estableció que en inquilinatos y conventillos podía haber una sola prostituta, siempre que no hubiera niños. Ese mismo año se prohibieron las tarjetas circulares que se daban en mano en la calle o se dejaban en las mesas de los cafés, y que decían cosas como “Rosita la cariñosa, Lavalle 2103” o “Iris la polaca, Tucumán 3208”.

Hasta que fue desmantelada en 1930, la organización de rufianes judíos Zwi Migdal fue el núcleo duro de la actividad, que funcionó como una “sociedad de socorros mutuos” de los malvivientes y no de las esclavas. La “Varsovia”, como también se la llamó, fue repudiada y denunciada por la colectividad judía de la época, pero el dinero recaudado entre los más de quinientos socios y sus dos mil prostíbulos era tal que se podía adornar hasta al presidente de la Nación. Llegaron a explotar a la vez a más de 30 mil mujeres que estaban obligadas a atender a cuatrocientos clientes por semana cada una.

La historia de la Zwi Migdal es bien conocida, así como su final drástico en la década de 1930. Sin embargo, lo más llamativo es que muchas de las prácticas del “oficio” tienen más de cien años, como el reparto de volantes en la vía pública o la tolerancia puertas adentro. Buenos Aires sigue luchando contra las alteraciones del orden público que inevitablemente trae la actividad. Pocos meses atrás bastó con que fueran prohibidos los avisos clasificados de oferta de sexo para que estos tomaran nuevas formas, ahora ayudados por internet.

Un crimen reciente en el edificio Rustique, ubicado en Santa Fe y Cerrito, llamó la atención de la ONG La Alameda, que denunció la existencia de 33 prostíbulos en ese único edificio. Actualmente, Buenos Aires está plagada de “privados” o “pisitos”, departamentos donde las chicas son independientes o se encuentran, como hace más de cien años, en manos de un rufián y atadas por deudas y adicción a las drogas. Esta historia, de la que hemos visto varios capítulos, no llegó todavía a su clímax.

 

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Las vacaciones y los hijos 

Por Fernando Osorio

Psicoanalista

 

 Durante las vacaciones se suele generar entre padres e hijos un circuito de demandas que produce mucha tensión. Los hijos piden más de lo que se les puede dar, en algunos casos, y en otros los padres ofrecen más de lo que los chicos pueden recibir. Esto genera ansiedad y augura una futura discusión. La gran oferta de objetos, salidas, permisos y diversión suele transformar un simple diálogo en un momento de tortura para los padres que no saben ya a qué decir que sí y a qué decir que no. Es fundamental no perder de vista que la satisfacción de los hijos no existe más que por momentos muy fugaces y que no hay objeto ni permiso que logre que los hijos frenen sus demandas. Mucho menos en esta época con tanta oferta a la mano. Es probable que si los padres no tienen cierta medida de lo que van a dar y permitir durante las vacaciones, los hijos entren en un profundo estado de ansiedad que los lleve a una insatisfacción total. A partir de esto nada los entretiene y aparece el tan temible aburrimiento. El aburrimiento surge a partir de la creencia de los adultos de que dando y respondiendo a todo lo que los hijos pidan van a evitar ese estado. Pero como los hijos son eternos demandantes de objetos y permisos, no importa la edad que tengan, nunca nada alcanza, entonces es muy fácil aburrirse aun con la mejor de las ofertas para entretenerse. Es necesario limitar la oferta de bienes y servicios para lograr que los hijos puedan tener expectativas, anhelos.

Es conveniente planificar lo que se va a hacer o lo que se va a comprar y cumplir con esos plazos aun con la ansiedad de los hijos. Y si aparecen nuevos permisos y nuevos objetos, decir que no, simplemente. Y el único argumento es porque no estaba planificado o calculado en el presupuesto familiar de las vacaciones (aun cuando los padres pudieran solventar nuevos gastos). Resuelve mucho la ansiedad de los hijos saber a qué atenerse. Si hay permisos y objetos pautados de antemano, entonces a todo lo demás se dirá que no. Pero esto hay que cumplirlo. Hay que tener planes resueltos y evitar la improvisación. Saber cuánto dinero se les va a asignar a cada uno y cuánto tiempo les tiene que durar; cuáles van a ser las salidas permitidas y cuáles no; anticipar los permisos que se darán sobre compras y contrataciones de servicios de entretenimiento: juegos electrónicos, cartings, motos, etc. Tener en claro que los hijos se aburren cuanto más tengan porque los objetos y los permisos pierden valor. Darlos a cuentagotas genera una valoración cuando se los consigue y entonces la emoción que sienten es otra.

 

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