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La Revista

La búsqueda del espacio como política de Estado

Argentina ha tenido un desarrollo incremental y acumulativo en capacidades propias, vinculadas a la tecnología espacial desde la presidencia de Juan Domingo Perón y fundamentalmente desde la década de 1960. Así, se desarrollaron tecnologías vinculadas a la cohetería como el combustible AN-1, el cohete Tábano, el cohete Martín Fierro y los aviones de caza Pulqui I y II.

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Cris Lightyear

Dr. Daniel Blinder

Director de la Maestría en Defensa Nacional, Edena. Investigador del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia y la Técnica José Babini, Universidad Nacional de San Martín.

 

La República Argentina ha tenido un desarrollo incremental y acumulativo en capacidades propias, vinculadas a la tecnología espacial desde la presidencia de Juan Domingo Perón (entre 1946 y 1955) y fundamentalmente desde la década de 1960. A modo de ejemplo, y sólo para mencionar algunos hitos, durante el mandato de Perón los objetivos políticos de Justicia Social, Soberanía Política e Independencia Económica estaban enmarcados en un proyecto de país que buscaba el desarrollo de capacidades tecnológicas propias, dado el contexto internacional en el cual el país estaba inserto. Esa política se basó en los conceptos de nacionalismo económico (con el propósito de alcanzar los objetivos nacionales de desarrollo e independencia), el de movilización industrial (utilizando los recursos nacionales en pos de estar preparados en tiempos pacíficos o bélicos) y el de producción para la defensa nacional (la industria del material para defender la soberanía). Así, se desarrollaron tecnologías vinculadas a la cohetería como el combustible AN-1, el cohete Tábano, el cohete Martín Fierro y los aviones de caza Pulqui I y II.

Durante la presidencia de Arturo Frondizi (1958-1962) se creó la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (Cnie) con Teófilo Tabanera como presidente. Era la primera vez que se buscaba dar un marco institucional a las actividades espaciales en el país, y a pesar de los sucesivos golpes militares que produjeron inestabilidad e interrupciones institucionales a nivel nacional, continuaron las actividades que produjeron capacidades y desarrollo incremental. Los desarrollos fueron cohetes, como los Alfa Centauro, Beta Centauro, Gamma Centauro, Orión, Canopus, el Canopus II, Rigel, Castor y Tauro. Es de destacar que con estos desarrollos la Argentina logró enviar al “mono Juan” al espacio y traerlo con vida de nuevo, lo que sin lugar a dudas constituía un suceso importante en el posicionamiento tecnológico del país, en una coyuntura de carrera espacial de las superpotencias.

Un hecho de envergadura modificó el rumbo de este desarrollo incremental con capacidades propias: el proyecto del misil Cóndor. Nació a finales de la década de 1970 con el primer diseño llamado Cóndor I, y tenía como objeto tener capacidades tecnológicas propias en el seno de la Fuerza Aérea Argentina. Este misil era de combustible sólido y de una sola etapa. Sin embargo, tras la guerra de Malvinas, la Fuerza Aérea había peleado en el teatro de operaciones con un gran desempeño, pero había perdido mucho material aéreo y pilotos en combate. El desarrollo del misil Cóndor II, de dos etapas y de combustible sólido, tenía un alcance teórico mayor, de aproximadamente 1.200 kilómetros, y era capaz de alcanzar las islas Malvinas desde el sur argentino. ¿Cómo este proyecto modificó el rumbo aludido? El Cóndor II fue un desarrollo en el que intervinieron no sólo argentinos, sino también empresas europeas y países del Medio Oriente, como Egipto y el Irak de Sadam Hussein. Todo en absoluto secreto.

Durante el gobierno de Raúl Alfonsín, el desarrollo del Cóndor II prosiguió. El presidente firmó un decreto secreto con el objetivo de “satelizar” al país. El proyecto así era caracterizado de forma pacífica, aunque secretamente se conocían los propósitos duales de su utilización por parte de los funcionarios de turno. Sin embargo, la década de 1980 atravesó por problemas económicos serios, más una debilidad institucional ante las amenazas constantes a la incipiente democracia por ciertos sectores de las Fuerzas Armadas, por lo que era muy difícil la inversión en esta tecnología, que requiere mucha investigación, desarrollo, e inversión de dinero constantes en el tiempo.

En los años 90 irrumpieron las presiones estadounidenses porque el desarrollo del Cóndor era secreto y financiado por países que para los Estados Unidos eran “proliferadores” y “desestabilizadores” del sistema internacional, y porque constituía un caso de transferencia tecnológica de países de la periferia del sistema. La tecnología de misiles o cohetes era una tecnología sólo para grandes potencias y países desarrollados. Esa era la concepción de la diplomacia, la academia y los medios de comunicación norteamericanos. Las presiones se manifestaron formal e informalmente, y cada vez eran más fuertes y públicas. Pero por sobre todas las cosas, también hay que entender el nuevo contexto internacional en el que todo esto sucede: la Guerra Fría había terminado, la Unión Soviética había desaparecido, los Estados Unidos eran una superpotencia económica y militar y tenían el poder hegemónico del mundo junto a sus aliados. ¿Qué proponía la máxima potencia mundial para el mundo? Libre mercado, institucionalidad, derechos humanos y democracia para todos los países del globo.

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