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La Revista

Entrevista a Liliana Herrero

La cantante entrerriana construye su nueva dimensión expresiva en Imposible, el flamante disco que presentará el 9 de junio en el teatro Ópera. De interrogaciones entre el pasado y el presente, el recuerdo de Gerardo Gandini, la resistencia a la ceocracia y otras yerbas.

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Liliana Herrero2

Por Sebastián Feijoó.

Afuera el frío golpea con crudeza y sin aviso. El calendario dice otoño, pero los primeros vientos del sur no se subordinan a sus protocolos. La puerta de su casa del barrio de Boedo se abre y Liliana Herrero recibe la visita de Caras y Caretas en el living. Saluda con una sonrisa franca, ofrece algo caliente para tomar y recomienda no apoyar los abrigos en “ese sillón” porque es el que “usa el gato y está lleno de pelos”. Tiene entre sus dedos un cigarrillo a media asta, pregunta a las visitas si fuman y ante la negativa se apresura a resolver el asunto lo más rápido posible. Todavía no se sienta. Como si el tabaco se consumiera más rápido de pie. Se la ve entusiasmada. Parada y rodeada de las últimas volutas de humo, le gana la ansiedad y comienza a hablar de Imposible y sus circunstancias.

El título del disco no deja de ser llamativo. En sus casi treinta años de carrera la cantante nacida en Villaguay (Entre Ríos) supo construir un mundo propio derribando mandatos y coqueteando con los abismos. “Si uno pensara que puede hacer posible lo imposible sería un omnipotente. No es mi caso. Pero sí puede ser un motor muy importante. Vivir pensando en lo posible es más fácil. Lo que suponemos imposible a veces lo es y otras no. Pero el fracaso también habla de recorridos y aprendizajes. Permite reformular objetivos y metas. Todo esto pasó en el disco. Hubo cosas que no pudimos lograr. Caminos de los que desistimos y obstáculos que sorteamos con mucho esfuerzo”, revela.

–Todos tus discos tienen un concepto profundo que va más allá de una colección de canciones. ¿Qué representa Imposible?

–Es difícil saber lo que uno dice y hace. Lo que verdaderamente queda y expresa un disco. Decididamente, no falta reflexión en la producción de cualquiera de mis discos. Requieren procesos que en este caso llevaron un año y medio. Pero al mismo tiempo ahora estoy en un estado de extrañeza en el que ya no puedo escucharlo y se me representa como algo no del todo claro. ¿Qué es esto? ¿Cuál es el hilván? En este período aparecen las reflexiones y comentarios de amigos a los que les paso el material antes de editarlo. Ellos me ayudan a encontrar nuevos sentidos. Son diálogos por e-mail, WhatsApp o personales que me alimentan y guardo todos juntos. Si tuviera que definirlo con una palabra diría que es un disco memorioso. Son todos autores bastante antiguos, algunos más que otros, y tanto los poetas como los músicos ya no están.

–Una de las claves del disco es el repertorio, pero casi o más importante es cómo fue abordado.

–Hay temas conocidos y otros muy poco conocidos. Todos tienen una gran importancia para mí. Desde un clásico como “Luna tucumana” (Atahualpa Yupanqui) hasta la casi perdida “Imposible” (Juan Carlos Franco Páez), que conocí gracias a Juan Falú, o “La noche”, que es la primera composición que hago de Buenaventura Luna. También es muy movilizante para mí interpretar “Lavanderas de río Chico” (Chacho Müller) porque mi abuela lavaba en un arroyo cercano. Así conoció a mi abuelo y gracias a eso toda mi familia está en este mundo. Las historias de este disco no pertenecen a estos tiempos. Pero dialogamos con ellas y generamos un puente. Si no fuera un disco mío, después de escucharlo iría directamente a las versiones originales. Pero es una algo personal. Cada cual tiene sus espacios y formas de escuchar. Trabajamos con el grupo y encontramos una sonoridad que nos gustó mucho. No hay invitados de ningún tipo. Somos sólo nosotros y creo que eso le dio más consistencia al disco. Es lo que necesitamos en este momento.

–¿Cómo encaja en estas ideas la tapa, donde se ve un lirio solitario sobre un fondo negro?

–Nora Lezano es una gran fotógrafa, una gran artista y mi amiga. La dejé que hiciera lo que quisiera. Confío plenamente en ella. Escuchó el disco y le sugirió el lirio en el frente y la luna en la parte de atrás del librito. Me encantó. La miro y cada vez la siento más exacta. El disco me parece delicado, fino y austero. Esa tapa tiene esas características. Y también cumple el objetivo de sacar mi cara de la tapa. Es un proceso de disolución que empezó con Este tiempo (2011) y ahora se completa plenamente. Me doy cuenta ahora, mientras miro la tapa conversando con vos.

–¿Cómo recuperaste los tres tangos que grabaste con Gandini que acompañan a Imposible?

–Grabamos los tres temas de Gardel/Le Pera un día de 2003, en el estudio de Iván Cosentino. Iba a ser parte de un disco que nunca pudimos terminar por problema de tiempos. Nos fuimos cada uno con un par de copias, pero se perdieron o arruinaron. Hace poco las hijas de Gerardo (Alina y Alejandra) me dijeron que tenían un CD en buen estado y me lo dieron. Retocamos el sonido mínimamente y acá está. Hay partes donde se escucha más fuerte la voz y otras el piano. Pero me gusta esa crudeza. El viejo, como le decía cariñosamente a Gerardo, había inventado los postangos y yo tenía que entender ese lenguaje y sumar lo mío. Creo que algo entendí. Me metí entre los pliegues de su toque. Yo que no soy una cantante de tango. Pero creo que esos tres tangos son un testimonio muy interesante. Gandini, yo, un piano y una botella de whisky, todos juntos en el estudio.

EL PASADO YA LLEGÓ

Herrero hace rato que está sentada y sin cigarrillos. Disfruta hablando de Imposible, interrogándose sobre el disco, repensándolo y pidiendo y compartiendo opiniones. No se trata de una estrategia de ventas. Se nota en sus palabras y en su cara. Pero el gesto le cambia drásticamente cuando surge el tema de la Argentina gobernada por sus propios dueños. No son necesarias las preguntas. El dolor se cuela inevitablemente.

–Nunca vi una cosa así. Nunca vi a los medios así. Es un Plan Cóndor contra nuestra memoria musical, poética, histórica y política. Eso es gravísimo para cualquier país. Es muy difícil discernir cómo llegamos a esto. Errores históricos de muchos años. Ni siquiera sólo de la anterior gestión. Este gobierno me recuerda mucho a la Libertadora. Sólo le falta destruir alguna escultura más. Me parece escandaloso cómo tensa la cuerda de los más débiles y engorda a los que más tienen. Ese es el plan y es muy serio. Por eso hay que resistirse. Dentro del juego democrático. No hablo de golpes ni de estallidos. Pero la gente no merece tanto sufrimiento.

–Conocés muy de cerca la situación de la Biblioteca Nacional. Hubo despidos brutales y la suspensión de muchos programas valiosos.

–Despidieron a 240 personas. En algún caso reincorporan, pero siembran el terror a la pérdida de trabajo. Son métodos policíacos. Suspendieron la mayoría de las actividades y programas que armó Horacio (González, ex director de la Biblioteca y pareja de Herrero). Al Museo del Libro y de la Lengua lo están transformando en oficinas. ¡Era único en Latinoamérica! Designaron a un director offshore como Alberto Manguel, un ñoqui internacional que cree que es el heredero de Borges. Pero tampoco me puedo olvidar de los 2.500 despidos en Atucha. Me preocupa todo. Nos quieren vender una Secretaría de la Alegría. Quieren que la historia sea un gran libro de autoayuda.

–¿Cómo impacta todo esto en tu música?

–Toda música dialoga con su tiempo. La música no es un adorno. Está entramada y entrelazada con las coyunturas y los momentos históricos. La música nunca es un además, nunca es un adorno o entretenimiento. Tampoco me gusta la idea de que tiene que ser un reflejo exacto. Uno nunca sabe bien cómo interpretar con precisión su tiempo. Pero debe interrogarse, pensar y obrar en consecuencia. Imposible también se propone eso.

Fotos: Guille Llamos

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