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La Revista

El periodismo y las redes

El autor relata las transformaciones que introdujo el mundo digital en las condiciones de producción del oficio.

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Por Fernando Amato (Community manager de Caras y Caretas). Algunas cosas que pasaron en el periodismo hasta los años 90 seguramente sorprenderán a aquellos que no superen los 40 años. Hacia 1991 (cuando daba mis primeros pasos como periodista), no existían las computadoras; usábamos unas viejas Olivetti. Incluso, cuando viajábamos por el interior del país, debíamos cargar una valija extra y llevar hojas pautadas que después enviábamos por fax (algunos colegas de mayor edad me han relatado sus peripecias con el télex). No se imaginan el sufrimiento que era hacer el encabezado de una nota sin la tecla backspace. Tirábamos decenas de papeles hasta lograr la versión definitiva. Borrábamos párrafos enteros así: “xxxxxxxxxxxxxxxxxx”. Las máquinas de fotos tenían rollos (negativos para los diarios y diapositivas para las revistas) que en los viajes enviábamos por avión gracias a la gentileza de algún pasajero. Si el cierre urgía, antes debíamos llamar a la redacción para avisar si la foto de apertura era apaisada o vertical para que fueran “dejando el espacio”. Por aquellos tiempos una agenda telefónica con buenos contactos costaba una fortuna (literalmente). Tener los mejores números podía darte un lugar de privilegio en alguna redacción. Sin internet, no había mejor fuente de información que un policía, un encargado de edificios, un kiosquero… o una prostituta. Mantener la boca cerrada podía llevarte a tener una gran primicia. Podíamos pasarnos una jornada de trabajo de ocho horas para conseguir un solo número telefónico o una dirección para “montar una guardia periodística”. O encerrarnos en un archivo buscando una noticia de otros tiempos. Todavía recuerdo una visita de Carl Bernstein (uno de los realizadores de la investigación del Watergate) a la redacción de la revista Noticias mirando sorprendido nuestras máquinas de escribir cuando en las redacciones estadounidenses ya iban por la tercera generación de computadoras. Era 1992.

Quienes siempre tuvimos interés en los progresos tecnológicos empezamos a hacer cursos para capacitarnos. Por entonces recuerdo un curso de DOS (Disk Operating System) en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. El profesor me dejó una enseñanza que me ayuda hasta el día de hoy: “No me interesa que se aprendan de memoria qué tecla hay que apretar en cada ocasión. Me importa qué entiendan la lógica de las computadoras. Si entienden eso van a poder manejar cualquier programa”. Y así fuimos avanzando en una vorágine que parece no tener fin.

“¿Hasta cuándo va a haber diarios de papel si hasta yo leo todo en la tablet?”, me decía el otro día mi padre, que tiene 73 años. Parece imposible ya leer el diario sin sentir que es de ayer. Lo cierto es que hace años que la muerte del papel se viene demorando para desgracia de los ecologistas. El libro persiste en renacer por más eReader que le pongan delante. Pero los avances son innegables. El periodismo de primicias casi perdió sentido. Primero fue internet. Luego las redes sociales. Cualquier noticia está en Twitter diez minutos antes de que pueda llegar a cualquier portal de noticias. Es más fácil chatear con un entrevistado por WhatsApp que encontrarlo en la vida real. Los bancos de imágenes son más rápidos que cualquier archivo de una redacción cuya utilidad ha quedado relegada a buscar material de la etapa preinternet. Otra ventaja de la era 3.0 es que gracias a las redes sociales los periodistas nos hemos transformado en nuestros propios medios. Muchos colegas han podido superar la censura de sus patrones gracias a las redes sociales. Hace un tiempo tengo la sensación de que en un futuro cercano habrá periodistas de Twitter y periodistas de Facebook. Por ahora falta encontrarle financiamiento, más allá de algunos interesantes blogs con investigaciones periodísticas que han surgido. Pero ojo, hablo de periodismo y no de esa chantada de los “influenciadores” de las redes sociales. Es sólo cuestión de tiempo, más allá de las rispideces que actualmente se generan entre los colegas y las empresas periodísticas en las que trabajan. Son conocidos los casos de sanciones y despidos a periodistas que difundieron información en sus cuentas personales antes de que la publicaran en los medios para los que trabajan. Pero las redes sociales permiten fomentar la independencia periodística y también han contribuido a bajarnos a los periodistas del pedestal en que nos habíamos colocado, sobre todo en los años 90, con esa triste idea de ser fiscales de la patria. Hoy cualquier colega debe someterse a las críticas en cualquiera de las redes sociales. Y a las propias refutaciones entre periodistas. Eso mejora el debate, lo democratiza. Ahí da lo mismo que juegues en Boca, Independiente, en Platense o en Talleres de Remedios de Escalada.

Claro que no todo es ventaja. Por un lado, la libertad absoluta de un mundo paralelo sin siquiera una clara regulación legal deja abierta la puerta a chantajistas y oportunistas varios. ¿Cuántas veces murieron famosos en internet que hoy siguen gozando de buena salud?, por citar sólo un ejemplo. El anonimato suele servir para difamar sin miramientos. Es imposible chequear todo lo que se publica en las redes. Ya sea información o hasta imágenes trucadas. Además, los medios de comunicación suelen usar al “periodismo ciudadano” para abaratar costos y ahorrarse la contratación de periodistas y reporteros gráficos. En la última década el rol del periodismo fue puesto en duda por un debate profesional y político. Pero también las nuevas tecnologías lo ponen en jaque. El #findelperiodismo es uno de los hashtags más populares en Twitter. Sin embargo, el periodismo resiste. Mutándose, adaptándose, reciclándose. El compromiso con la verdad es la clave. Todo lo demás es debatible.

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