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La Revista

El espionaje virtual

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Por María Seoane (Directora de Contenidos Editoriales).  Pasaron casi dos décadas desde que la pelea de AOL con Warner Bros. terminara con la absorción de la segunda gran empresa de Hollywood por el gigante de la comunicación. Pero al estilo de verdadero ministerio de cultura norteamericano, que eso es la Meca del cine, ese movimiento de concentración de capitales al servicio de la ilusión y la información fue precedido por el éxito taquillero de la comedia romántica Tienes un e-mail (You’ve Got Mail), protagonizada por Meg Ryan y Tom Hanks. El nudo de la historia es interesante: Meg Ryan, propietaria en la ficción de una librería amenazada por una cadena que quiere liquidar su negocio, desprecia al hijo del dueño de esa cadena, Tom Hanks, pero ambos desconocen que se van enamorando a través ¡de una cadena de e-mails de AOL! Lo virtual comenzaba a ser más importante y decisivo para generar realidad y verdad que lo real. Es decir, en la virtualidad los seres humanos pueden mentir o mostrarse también como son en verdad. Lo virtual pasa a ser lo real anhelado. Y el gran secreto de la comunicación del presente es que esa virtualidad sea poder sobre el otro. Ya no importa el poder sobre los cuerpos de las vetustas dictaduras militares, importa el poder sobre quién es, qué piensa, qué quiere, el otro. Por eso, alejándose del glamour de Hollywood, el espionaje sobre la información virtual de los ciudadanos pasa a ser vital desde fines del siglo XX –con la irrupción de internet– para ejercer poder y hacer negocios. La información es poder y dinero, y si es virtual, mejor, porque permite el espionaje no personal, a través de miles de cuentas falsas y penetración de los códigos de seguridad. Son los e-mails y los tuits los rincones del espionaje más activo en esa área sobre políticos. Hubo casos de trascendencia en esta época: en 2006, la Justicia investigó al grupo dirigido por Juan Bautista Yofre, con quien colaboraban otros periodistas y militares retirados y ex miembros de la Side, como una asociación ilícita que se ocupaba de espiar a políticos, jueces, periodistas, farándula y empresarios. En 2008, la causa recayó en el juzgado de Sandra Arroyo Salgado. En 2012, la jueza consideró que “desde 2006 hasta 2008, el caudal probatorio reunido no dejaba dudas de la existencia de una empresa criminal”. Ese grupo, vinculado a una oposición sistemática del gobierno de CFK, se defendió, en lo central, denunciando que los habían espiado para denunciarlos. Horacio Verbitsky ya había señalado en Página/12 que la causa corría peligro por la doctrina del fruto del árbol envenenado. Luego de la muerte de Nisman, Yofre exigió la nulidad de la investigación. El cambio en la correlación de fuerzas políticas a fines de 2015 y los vicios de la investigación lograron la maravilla judicial de desprocesar el 30 de diciembre de ese año a todos los imputados. Más allá de este antecedente, al que se sumaron en plena campaña electoral las denuncias de las entonces diputadas Patricia Bullrich y Paula Alonso contra el gobierno de CFK por espionaje a políticos y periodistas de la oposición y que se definió como “una operación” de Inteligencia para difamar al gobierno, el uso de las redes sociales comenzó a ser prueba ideológica en el gobierno de Macri.

Los miles de argentinos lanzados a la calle, desempleados forzosos de un régimen que aspira a bajar el salario real y desarmar el Estado como equilibrador de la inclusión y equidad social y control de las leyes sobre los poderosos, denunciaron el espionaje de sus cuentas de Twitter y que son carne de cañón del neoliberalismo rampante en vigencia, para sumar persecución política al empobrecimiento nacional. Esta historia continuará: el espionaje aparece como la gran conquista de un poder dictatorial pero virtual.

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