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La Revista

El asesinato de Urquiza

Este 11 de abril se cumplen 146 años del asesinato del General Justo José de Urquiza

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Pasaron exactamente 146 años. Fue un 11 de abril. Urquiza había sido varias veces gobernador de Entre Ríos y presidente de la Nación. Las intrigas palaciegas y la guerra civil terminaron con su vida. En la edición número 27, del 8 de abril de 1899 (cuando se cumplían apenas 29 años de su muerte), la revista Caras y Caretas público cinco páginas contando vida, obra y hasta una detallada reconstrucción de su asesinato.

En el atardecer del 11 de abril de 1870 una partida de 50 hombres armados, al mando del coronel Robustiano Vera, hicieron ruidosa irrupción en San José. Venían a apresar al gobernador y caudillo gritando: «¡Abajo el tirano Urquiza! ¡Viva el general López Jordán!» Un grupo de cinco a las órdenes del coronel Simón Luengo, cordobés y protegido del general, se encamina a las dependencias privadas del dueño de casa. Integran el grupo Nicomedes Coronel, capataz de una de las estancias de Urquiza, oriental de origen, el tuerto Álvarez, cordobés, el pardo Luna, oriental y el capitán José María Mosqueira, entrerriano, nacido en Gualeguaychú. El general que está tomando mate debajo del corredor se incorpora, sorprendido por el bullicio y, comprendiendo que se trata de un asalto, grita: «¡Son asesinos! Y corre a proveerse de un arma. Los asaltantes se acercan. ¡No se mata así a un hombre en su casa, canallas!» Les espeta, haciendo un disparo que hirió en el hombro a Luna. «Álvarez, entonces –explica el coronel Carlos Anderson, ayudante de Urquiza y jefe de la Guardia del Palacio, testigo presencial de los sucesos- le tiró con un revólver, y le pegó al lado de la boca: era herida mortal, sin vuelta. El general cayó en el vano de la puerta y en esa posición Nico Coronel le pegó dos puñaladas y tres el cordobés Luengo, el único que venía de militar y que lo alcanzó cuando ya la señora Dolores y Lola, la hija, tomaban el cuerpo y lo entraban en un cuarto, en el cual se encerraron con él yendo a recostarlo en la esquina del frente, donde se conservan hasta ahora, las manchas de sangre en las baldosas».

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