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La Revista

De todo como en Botica

Su imagen y su actitud están lejos de las de un señor de 81 años. Juan Carlos Gené es un hombre de teatro que supo hacer de todo en su profesión y en la vida.

Por Cristina Zuker
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Al hombre le sobran tablas. Hace 59 años, tiene 81, que todo el teatro pasa por la vida de Juan Carlos Gené. Actor, director, dramaturgo, maestro, no les sacó el cuerpo a las luchas gremiales ni al amargo trago del exilio. Preciso siempre y sobre todo desarmantemente sincero este imprescindible del arte en la Argentina va exponiendo sus aún jóvenes anhelos a lo largo de esta charla que condensa una parte de la intensa historia argentina.

–¿En qué familia naciste?
–Mi abuelo Ramón Julio Gené era un pedagogo. Había nacido en 1873, y más tarde se convertiría en el subsecretario de Instrucción Pública de la primera presidencia de Yrigoyen. Hoy una escuela en Liniers lleva su nombre, porque fue quien implantó oficialmente el uso del guardapolvo blanco de alumnos y maestros para que las clases sociales no se distinguieran.

–Respecto de tu infancia, podría decirse que tu debut en el mundo de la ficción fue a través de la lectura.
–Más que por la lectura, fue por haber escuchado lecturas. Un empleado, un mucamo que desde los 12 años estuvo en mi casa, era un apasionado lector autodidacta, y de niños nos inició a todos, desde novelas policiales, poesía, literatura rusa… Y como era la persona que cuando estábamos enfermos, cosa que en aquel entonces ocurría muy a menudo porque apenas a un chico le dolía la cabeza lo purgaban y lo metían en la cama, él estaba al lado nuestro leyéndonos. Con mi hermano, ya fallecido, siempre decíamos que nuestras vocaciones artísticas tuvieron origen en ese empleado, más que en la familia en sí.

–¿Es cierto que tuviste una etapa en que querías ser cura?
–En una etapa muy infantil. Fue terminando la escuela primaria y comenzando la secundaria, entre los 12 y los 14 años, y efectivamente lo planteé en mi casa y si bien mis padres no se negaron, impusieron que fuera después de los 18, y por supuesto cuando llegué a los 18, ya estaba en otra cosa.

–En otro tipo de liturgia… ¿Cómo te acercás al teatro?
–No podría decir que me atrajo desde la infancia. Sí he recordado muchas veces juegos de entonces que eran muy teatrales, sin que yo me diera cuenta. Pero en la adolescencia ya tardía, entre los 17 y los 18, me empezó la inquietud por empezar a ver algunos espectáculos que me sacudieron mucho, y sentir que de alguna manera eso me atraía. Cuando conocí a Roberto Durán a partir de un trabajo que había escrito y que le hizo llegar mi hermano, me invitó a participar de una experiencia, para indagar en ciertas cosas. En realidad, éramos todos muy jóvenes: él tenía 23 y yo 20. Así comenzó todo. Uno siempre piensa en eso que se conoce como ucronía: cómo habría sido la historia de no haber sido como fue. No sé qué habría pasado si esa amistad entre mi hermano y mi maestro no hubiera existido. Seguramente habrían sido otros los caminos, pero nunca se sabe…

–Lo cierto es que tu trabajo en el teatro tiene tres frentes: la dramaturgia, la dirección y la actuación.
–Todo sale de la actuación. Siempre aclaro que en mi padrón electoral dice “profesión: actor”. Mi primera obra escrita, el hecho de, con el tiempo, haber dirigido y también, mucho después, la enseñanza, todo surge de la experiencia del escenario.

–Contame de tu acercamiento al grupo Gente de Teatro.
–Es una historia muy curiosa, porque cuando comencé a trabajar con Roberto Durán, a su cuñado lo invitaron al Perú con su grupo de alumnos a fundar un teatro en la Universidad de San Marcos, y él era el encargado del teatro juvenil de la Hebraica. Cuando se iba, sugirió que su puesto lo ocupara Roberto Durán, entonces los que participábamos de la experiencia teatral con él lo seguimos a la Hebraica. En el grupo que se iba a Perú, estaban David Stivel y su pareja Zulema Katz. Bueno, estuvieron ocho años y al regreso, volvimos a vernos y empezó una relación en la que se fue mezclando amistad, profesionalismo, trabajo gremial, Asociación de Actores, etcétera.

–¿Viviste con intensidad el trabajo gremial?
–Estuve once años trabajando en la conducción. Mi primera participación fue en el año 62 con una lista que perdió, y en el 64 ganamos por poca diferencia de votos, hasta que en el 66 fuimos con la Lista Blanca, que juntó a la corriente del teatro profesional que los independientes llamaban comercial y los que venían del independiente, que los comerciales llamaban aficionados. Ahí se unificó la profesión actoral, y en todo eso estuvo mezclado David. Cuando después de una famosa huelga de actores en Canal 13 que duró cuarenta y pico de días, y que se ganó, a Stivel, aun siendo un alto ejecutivo, su adhesión le costó la despedida del canal. Ahí se creó el grupo Gente de Teatro. Yo no estaba porque en ese momento integraba el grupo Buenos Aires con Pepe Soriano, Walter Santa Ana y Cipe Lincovsky. Pero cuando empezaron a trabajar en TV me convocaron. Hicimos un programa cómico con libretos de Gius, Vidas en crisis, cuyos libros originales eran ingleses, hasta que en el 69 empezó Cosa juzgada, que fue el gran éxito, y ahí los libros eran míos, además de ser invitado permanente como actor. Hasta que al final me incorporé oficialmente al grupo, en el año 70. El programa se terminó cuando Canal 11 pasó a manos de Héctor Ricardo García, que respetó el contrato que teníamos y cuando terminó no lo renovó. Él venía con sus propias ideas, y no nos quería ahí.

–Casi una saga de nuestra historia cultural.
–Es una historia donde se entrecruzan amistades personales. Con David llegamos a ser hermanos de la profesión, como el Negro Carella o Pepe Soriano. Además él también fue exiliado: nos juntamos en Colombia cuando yo me fui, y me recibió en su casa. Mis primeros trabajos fueron en Colombia, y recién después de un año pasé a Venezuela. Pero viajaba permanentemente porque seguía trabajando con él para la TV colombiana. Hasta que murió…

–No nos vamos a saltear lo de la Agrupación José Podestá.
–Esa famosa huelga sobre Canal 13 fue en los años de la dictadura que comenzó Onganía, pasó por Levingston, hasta Lanusse. Fueron épocas de gran tensión política. Todos se incorporaban a uno u otro de los proyectos políticos de ese momento y nosotros empezamos a trabajar en un centro de cultura nacional al que llamamos José Podestá por el asunto del circo criollo y su tradición. Con él participamos muy activamente en la campaña electoral de Cámpora, en forma absolutamente independiente porque no queríamos tomar ningún tipo de obligación con ninguna facción del peronismo sino estar a disposición de ese movimiento tan espontáneo de la gente, cosa que duró no mucho tiempo.

–Bueno, Cámpora estuvo 47 días…
–Es más, a mí Cámpora me nombra director de Canal 7, y duro sólo diez días más que Cámpora porque cuando renuncia, yo también lo hice, encantado porque no me sentía nada feliz dirigiendo Canal 7 en medio del caos. A partir del año 74 y desde la muerte de Perón, ya las cosas para nosotros se empezaron a poner muy mal.

–Igual te diste el gusto de poner El inglés.
–Lo veníamos ensayando con Soriano y el Cuarteto Zupay. Cuando murió Perón, el 1 de julio, nos reunimos para ver qué hacer. Como el clima estaba tan tenso, con una violencia muy desenfadada, lo que iba a pasar después más o menos lo veíamos venir. Igual decidimos seguir adelante. Bueno, estrenamos en gira nacional el 12 de agosto, el día de la reconquista de Buenos Aires, en Córdoba, es decir, a un mes y algo de la muerte de Perón. Y fue durante el 74 y parte del 75 una gira nacional muy exitosa. En el 75 estuvimos en el San Martín y en el verano siguiente en Mar del Plata, en el Hermitage. Era una época tan loca que todo era posible. Entonces vino el golpe y hasta ahí llegó El inglés.

–¿Te fuiste enseguida?
–No inmediatamente. El golpe fue el 24 de marzo y yo me fui el 4 de julio del 76.

–¿Lo pensaste mucho?
–Sí, pero los tiros pegaban muy cerca y me pareció que era el momento de poner distancia porque en el mejor de los casos iba a ser un muerto civil, no iba a poder trabajar. Pasaron ocho años de exilio, si bien yo estuve 18 afuera porque decidí quedarme para llevar adelante lo que había creado en Venezuela. Volví por primera vez en el año 82…

–Aún en dictadura…
–Sí, pero ya se sabía que después de Malvinas se caían. Bueno, se repuso El inglés en el teatro Regina en enero del 83, que vine a dirigir, y que otra vez fue un éxito tremendo. A partir de ahí venía todos los años, trabajando unos meses acá, otros en Venezuela, porque no quería abandonar al Grupo Actoral 80, que había creado allá.

–Has dicho que el exilio fue una terapia muy curativa, pero también estuvo acompañada del amor.
–Claro, mi encuentro con Verónica: dos exiliados, los dos creando una patria común en el escenario, su presencia tan fuertemente talentosa, junto a los otros, fue lo que me inclinó a decir “este grupo puede ser”. Por otra parte en aquel entonces, prácticamente sin pedir nada a cambio, el Estado venezolano sostenía los esfuerzos culturales, así que no bien nos ganamos un lugar, empezaron a subvencionarnos, como al resto de la cultura.

–Así que Venezuela no te dejó sentir demasiada nostalgia…
–La nostalgia existe siempre. Lo que ocurre es que yo me fui a los 48 años, ya no era un chico, y mi cálculo era que lo que estaba ocurriendo no terminaba más. Totalmente equivocado, pero me fui haciendo una formulación voluntaria de adaptación al nuevo medio, evitando los guetos de argentinos, el mate, el dulce de leche. Pero nunca fue mi proyecto ser extranjero toda la vida. Siempre quise volver, pero a su tiempo.

–Y al volver, ¿qué sentiste que había cambiado irremediablemente?
–El país que había dejado no existía más. Creo que la dictadura hizo muy bien su trabajo. Destruyó la movilización social, destruyó todos los proyectos políticos, y todavía no ha comenzado su reconstrucción.

–¿También se refleja en el hecho teatral?
–Todo se ha atomizado, a pesar de la exuberancia reflejada en cientos de espectáculos. Pero la profesión teatral que yo viví ya no existe. Dentro de los seis mil inscriptos en la Asociación de Actores están en actividad algunos cientos, sobre todo en la TV, mientras son muy pocos los actores que viven del teatro. Alrededor de Buenos Aires hay cientos de countries y toda la gente que está ahí los fines de semana antes estaba en los teatros. Desde la época del miedo dejaron de querer tener contacto con los otros.

–Protagonizar Minetti ha sido una fiesta para la crítica y para el público.
–Ha sido un regalo del destino porque a la edad que tengo es difícil encontrar grandes papeles, y Minetti lo es. Cada función es para mí una indagación en los enigmas del personaje, en la reacción de la platea, en mi propia persona, en esta frontera inasible entre la realidad y la fantasía, en qué tipo de realidad crea el delirio y qué significa la profesión actoral. Todo eso está en Minetti: es una obra genial.

–Estás ensayando Bodas de sangre, así que va a costar el cambio de ropaje.
–En realidad, estoy un poco más en la dirección. Pero hay un cuento que yo cuento que tiene que ver con mi mamá y la visita de Lorca en 1933.

–¿Te golpea la supervivencia del franquismo en España?
–Me golpea pero no me asombra, como no me asombra una manifestación nazi en Alemania. Es muy evidente que existe una tendencia a la derechización del mundo, y los países que se quieren defender se sienten cada vez más solos porque en todas partes el balance se inclina hacia la derecha. Me golpea, me disgusta y me hiere, pero bueno, es lo que está ocurriendo.

–¿De dónde sacás tanto resto?
–Creo que me sostiene mucho la pasión por lo que hago. Tengo una cierta paz, no siento que la vida me deba nada, ni tampoco deudor, sólo un poco, como todo el mundo con alguna conciencia. Me parece haber recibido quizá más de lo que di. Todo esto me mantiene vital y con ganas, más allá de los achaques, pero me los aguanto. Tal vez el gran secreto de la vida sea poder divertirse un poco.

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