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La Revista

Cuernos

En el siglo XVIII un varón vengó la infidelidad de su mujer cortándole las trenzas. Años después, Julio A. Roca adornó públicamente la cabeza de su ministro de Justicia.

Y Victoria Ocampo se escondía para verse con su amante.

Hoy la infidelidad se promociona por internet y a nadie le importa nada.

Por Sin Firma
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cuernmos

Por Ricardo Lesser

 Escritor de Sociedades

 

Niccolò se acercó a Rocco y, sin decirle agua va, le hizo con la mano derecha, cerrando el pulgar y los dedos medio y anular, y extendiendo el índice y el meñique, la señal de unos cuernos. Rocco, ciego de ira, desnudó el cuchillo.

Niccolò Polini y Rocco Filipponi, obviamente italianos, hacía poco que habían llegado a Buenos Aires. Fueron amigos hasta aquel fatídico 3 de abril de 1901.

Ser cornudo –indica la historiadora Sandra Gayol– es transformarse simbólicamente en mujer. Los cuernos feminizan al varón, le roban la masculinidad. Por algo, se decía en el barrio que Cristina, la mujer, le ponía los cuernos. Era un indicio de su incapacidad para satisfacerla y hacerla saltar pa’arriba, como canta la milonga. Lo que se jugaba era el honor.

Las hembras descarriadas siempre pusieron el honor de los varones en entredicho. En 1715, Domingo Romero le cortó las trenzas a la infiel María Núñez. La moza escapaba con los arrieros. Esta vez su marido la había encontrado acostadita en una carreta que se iba a Santa Fe. La pobre María fue a parar a la residencia de una beata, para aprender bordado y calmar sus ardores. Tuvo suerte. La Santa Casa de Ejercicios Espirituales todavía no se había fundado, de otro modo la hubieran llevado allí entre un piquete de soldados, como se haría hasta bien entrado el siglo XIX.

En aquellos tiempos, el honor distribuía a los vecinos en escalones bien definidos. El honor diferenciaba sutilmente a la clase “decente” de las que no lo eran. Claro que ese capital simbólico era frágil, dependía del recato mujeril. El honor, en fin, pasaba por el vientre de las mujeres. Rocco y Niccolò venían de la Italia meridional, donde la señal de los cuernos era infamante sin atenuantes. Los vientos de la modernidad irían aventando estas creencias.

En todo caso, a Eduardo Wilde le importó un higo seco que Julio Argentino Roca tuviera un largo entrevero con su bellísima esposa, Guillermina de Oliveira Cézar.

Era apenas una niña cuando se casó con Wilde, por entonces ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública. Cuentan que estaba tan arrobado con ella que invitaba a sus amigos de cigarros y barajas a subir para contemplar cómo dormía. Roca, que había sido el padrino de la boda, frecuentó con Guillermina otras habitaciones adúlteras. La tolerancia de Wilde era infinita. Pero el Zorro no podía tolerar los chismes sin mengua de su investidura presidencial y mandó a su ministro a una misión diplomática inventada. Todo terminó entonces.

Unos años más tarde, en 1912, Victoria Ocampo se casó con Bernardo Monaco de Estrada, un botarate aristocrático y conservador que la celaba hasta el cansancio. Y lo bien que hacía. Durante la luna de miel, en Roma, conoció a Julián Martínez Estrada, al que Monaco se negaba a llamar “primo” porque era, decía, hijo natural de un tío calavera.

Julián era buen mozo como pocos, pelo oscuro, grandes ojos verdes en los que se precipitó Victoria. Durante trece años fueron amantes secretos.

No era fácil para una Ocampo. ¿Dónde encontrarse? ¿En una amueblada humilladora? ¿En casa de él? ¿Y el portero? Al final, pusieron un pisito en la discreta calle Garay que Victoria decoró sin gato de porcelana, una tilinguería. Monaco Estrada, mientras tanto, paseaba sus cuernos por ahí.

Al menos para cierta clase social, en el siglo XX los cuernos ya no eran lo que eran. Se tramitaban con cierto tedio de buen tono. Nada de cuchillos, nada de cortar trenzas. El honor como capital simbólico era cada vez menos importante.

Ahora, en el siglo XXI, los cuernos son casi despersonalizados. En internet hay sitios que promueven el adulterio sin culpa. Quien se sienta uncido como un buey triste a su cónyuge, puede encontrar a alguien con quien tener una aventura fugaz, poco menos que anónima, en todo caso sin consecuencias.

Lo único que hay que hacer es precisar cierto perfil y subir una foto. Después hay que esperar. Acaso uno tenga una aventura pasional y aséptica. Ese, aseguran los promotores, es el verdadero secreto para un matrimonio duradero. Porque de lo que se trata, créase o no, es de salvar la institución.

Hay un spot publicitario. Una primera escena muestra a una pareja semidesnuda besándose. Un cartel: “Ellos están casados”. En la siguiente escena la misma pareja, ya loca de deseo. Otro cartel: “Pero con otras personas”. En el siglo XXI, los cuernos son otra cosa.

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