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La Revista

Clase media y después

Con un derrotero marcado por la historia del país, los sectores medios tienen hoy el desafío de definirse positivamente, en aquel lo que los consolida como un actor dinámico y capaz de motorizar vínculos solidarios con otros.

Por Sin Firma
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clase media

Por Ezequiel Adamovsky Historiador.

La elite dirigente que construyó el Estado argentino lo hizo animada por el proyecto de incorporar al país en el mercado internacional como proveedor de materias primas. La implementación de este proyecto significó una rápida profundización del capitalismo: el mercado pasó a definir aspectos cada vez más profundos de la vida de las personas, al tiempo que se erigió un Estado con el poder de moldear y regular las relaciones sociales. Las nuevas actividades económicas y las nuevas funciones del Estado multiplicaron las oportunidades de trabajo. Comerciantes, cuentapropistas, agricultores, empleados, supervisores, profesionales, técnicos, docentes: estos sectores adquirieron un peso mucho mayor que el que tenían, haciendo más compleja la estructura social.

Al mismo tiempo, el cambio económico destruyó actividades y ocupaciones independientes que habían existido hasta entonces y produjo un aumento sin precedentes de la proporción de personas que debían trabajar para otros a cambio de un salario. Como el proyecto de la elite se presentó como un proyecto de “civilización”, la discriminación social y racial que existía desde tiempos coloniales se vio apuntalada. Las personas de pieles oscuras y los criollos con modales “no europeos” fueron inferiorizados y culpados de poner obstáculos al progreso con su “barbarie”. Buena parte de las mejores oportunidades que ofrecía el capitalismo fueron aprovechadas por los de pieles más claras (muchos de ellos inmigrantes europeos), especialmente los de la región pampeana.

Los cambios fueron muy rápidos y la cultura tradicional resultó insuficiente para ordenar las nuevas jerarquías. Ya no estuvo claro, como hasta entonces, quiénes formaban parte de la sociedad “respetable” y quiénes no. La escuela, los intelectuales, la publicidad se esforzaron por transmitir nuevas pautas de comportamiento “decente”. Además del tipo de ocupación y el nivel educativo adquirido, la urbanidad en los modales, la “buena presencia”, el lugar de residencia, el comportamiento de las mujeres de la familia y el consumo se hicieron indispensables para indicar el nivel social que cada cual tenía o aspiraba a tener (y para diferenciarse de los que eran socialmente “inferiores”). En ese mundo de cambios vertiginosos, para muchos era fundamental demostrar que eran merecedores de respetabilidad. Fue en el fértil suelo que ofrecía esa sociedad compleja y cambiante que fue arraigando lentamente, a partir de los años 20, la identidad de “clase media”. Imaginarse como “clase media” ofrecía la posibilidad de reclamar para sí la respetabilidad tan ansiada: aunque no pertenecieran a la elite, podían de ese modo dejar en claro que tampoco eran parte de la chusma.

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